La depuración de Valencia. (¿Léase Navarra?)

 

Por Enric Juliana*

Enric Juliana es uno de los columnistas políticos más influyentes del Estado Español y escribe en el barcelonés LA VANGUARDIA. Su finura en el análisis y su calidad literaria permite al lector disfrutar y profundizar en los temas. En este trabajo E. Juliana da un repaso a la Comunidad Valenciana y a su evolución política. La corrupción y los fastos envueltos en un valencianismo anticatalán, el anclaje de la Derecha, y los intentos por la regeneración y articulación del espacio progresista, hacen de la Comunidad Valenciana un curioso espejo en el que mirar Navarra y sus alternativas de Cambio. Las inevitables comparaciones entre ZABALTZEN-GEROABAI y el valenciano Compromís enriquecen a ambas formaciones políticas en su interés por propiciar el Cambio Pluralista tan ansiado cese nuestros respectivos campos.

 

ENRIC JULIANAEn Valencia, el barroco cede espacio al gótico. Laten deseos de cambio y de corrección de rumbo. Deseos de una nueva estética. Quizá sea en Valencia, más que en Catalunya, donde se decida el futuro político de España.

La Geperudeta ha sido depurada. La imagen que preside la Real Basílica de la Virgen de los Desamparados, santuario vecino a la catedral de Valencia, ha sido sometida a un meticuloso trabajo de restauración. Limpieza, arreglo y depuración estética. La imagen de la patrona de Valencia ha sido despojada de las vestimentas y ornamentos acumulados en los últimos siglos en su parte frontal. El delantal barroco, el escapulario y el fajín con las insignias de capitana general que en 1947 le impuso Francisco Franco han sido retirados, dejando al descubierto la talla del siglo XV: el manto de la Virgen, en madera dorada, y dos ángeles a sus pies. Emerge el original gótico y retrocede la ornamentación barroca, sin desaparecer del todo. Se mantienen la corona, la capa y la rica vestimenta del Niño Jesús. La cabellera dorada de la talla original sigue cubierta por una peluca oscura. Un poco más gótica, un poco menos barroca, la Geperudeta expresa un nueva relación de fuerzas entre las corrientes estéticas, artísticas y religiosas que hicieron de Valencia una de las ciudades más importantes del Mediterráneo peninsular.

 

La depuración muestra la verdad oculta –los pliegues de la talla gótica, la magnificencia del siglo XV- sin prescindir de la posterior fantasía barroca. Los estudios llevados a cabo por los restauradores demuestran que la imagen es prácticamente hueca por dentro, de peso muy liviano, puesto que la talla solía colocarse, a modo de último consuelo, encima de los cadáveres de los enajenados y vagabundos, antes de ser enterrados con un saco o con el más humilde de los ataúdes. ‘Nostra Dona Santa dels Ignoscents del Hospital de Ignoscents, Folls e Orats’. La Virgen de uno de los primeros hospitales para locos de los que se tiene noticia en el mundo (1410). “Nostra Dona dels Desamparats’, a partir de 1493, por decisión de Fernando el Católico, titular de la Corona de Aragón. La Verge dels Desamparats. La Virgen de los Desamparados. La popular Geperudeta, figura clave de la religiosidad en Valencia. (Geperudeta, en catalán/valenciano: la jorobadita, puesto que la imagen presenta una inclinación hacia delante que hace pensar en una joroba. Esa inclinación  puede deberse a que la Virgen fuese tallada como figura yaciente).

Un poco más de gótico, algo menos de barroco. Los trabajos de restauración que actualmente se llevan a cabo en la fachada de la catedral también tienen como objetivo revalorizar la arquitectura gótica del templo. El arzobispo Carlos Osoro parece haber captado el signo de los tiempos en la tercera área metropolitana de España. Osoro, elegido hace unas semanas vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española, es una figura eclesiástica a seguir en los tiempos venideros, una vez se consume la jubilación del arzobispo de Madrid, cardenal Antonio María Rouco Varela.

La apoteosis barroca de la turbo-economía valenciana se ha desvanecido, con estrépito, y todos los actores sociales y políticos parecen hallarse en búsqueda de un nuevo relato y una nueva estética. Una estética que ayude a darle la vuelta al desastre. Evidentemente aquí topamos con Miguel de Unamuno y aquella famosa frase suya, tantas veces repetida: “¡Levantinos, os pierde la estética!”. (Carta de Unamuno a su amigo catalán Joan Maragall).

valencia gótica

valencia gótica

El arzobispo Osoro, natural del municipio cántabro de Castañeda, ha captado bien el momento valenciano. Lo ha captado tan bien, que parece haber definido un programa-marco para el futuro. Quien lo desarrolle mejor, ganará. Revalorización de la Valencia gótica, sin menoscabo del barroco, puesto que Valencia no es posible sin barroquismos. Un poco más de sencillez y menos artificios, conservando la corona, el manto y el Niño enjoyado. Más austeridad y un cierto control de la fantasía. He ahí las bases de un verdadero programa político. Después de pasar tres días muy interesantes en Valencia –tomé el tren de regreso, mientras en Mestalla comenzaba el partido copero- creo que alrededor de este programa comienzan a confluir, con acentos, intensidades y matices muy diversos, casi todas las fuerzas políticas, incluido el partido gobernante. Un poco más de gótico, un poco menos de barroco. Regreso, no se sabe si temporal o definitivo, a una Valencia un poco más austera. Depuración.

 

El partido regional gobernante, el PP, ha sido el gran protagonista de la turbo-Valencia que conoció sus momentos de máxima aceleración entre 1994 y 2007. Trece a años a toda velocidad, que seguramente comenzaron el día en que apareció la siguiente pintada en un muro de la ciudad: “Barcelona, los Juegos Olímpicos, Sevilla, la Expo, Madrid, capital cultural… ¿y nosotros, qué?”

El Partido Socialista, claramente dominante en la transición levantina –el PSPV-PSOE llegó a ser la organización socialista más potente de España-, no supo dar una respuesta clara a esa pregunta, quizá porque ya había empezado a sucumbir a las luchas intestinas y no era capaz de imaginar que un ambicioso político local nacido en Cartagena y alcalde de Benidorm tras una sospechosa moción de censura, pudiese derrotarle en sólo cuatro años.

Cuatro años. Eduardo Zaplana-Hernández Soro (Cartagena, 1956) lo consiguió. En 1991 conquistaba Benidorm y en 1995 ya presidía la Generalitat. Contó con un valioso aliado: un hombre que conocía muy bien la estructura interna del PSPV, puesto que había participado activamente en su despliegue. Rafael Blasco Castany (Alzira, 1945) conocía muy bien los puntos fuertes y las debilidades de la izquierda valenciana. Un historia singular la suya. Militante del FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriótico) en los años setenta, tuvo que huir de Valencia, viviendo clandestinamente en Madrid y Barcelona. Extrema izquierda. Acción directa. Detenciones y prisión. (Entre los últimos fusilados del franquismo, había tres militantes del FRAP). Muerto Franco, regresó a Valencia y de la mano de su hermano Francisco ingresó en el PSOE. Conseller de la Presidència bajo las órdenes de Joan Lerma. Hasta que ambos toparon. Le acusaron de un intento de soborno, del que resultó absuelto por la invalidación de unas escuchas telefónicas. Blasco sostiene que Lerma se inventó una causa contra él para que no le hiciese sombra. Alejado del PSOE, dio los primeros pasos para organizar una fuerza valencianista al estilo de Convergencia i Unió, pero Zaplana, que necesitaba un buen explorador, le cooptó. Se convirtió en el principal cartógrafo de la ‘operación Levante’.

Un hombre singular -Blasco-, con una notable inteligencia política, hoy a punto de convertirse en el principal reo de los desvaríos valencianos de los últimos veinte años. Cardenalicio, comedido en el habla, observador, escrutador, astuto, tantas veces imbatible en la maniobra. Al lado de los ‘dandis’ horteras de la trama Gürtel, Blasco parecía salido del Politburó del Partido Comunista de Checoslovaquia: hermético, hierático, formal, frente despejada y pelo canoso peinado hacía atrás. Una inteligencia excesiva, quizás. Una inteligencia que ha acabado mal. Blasco se halla pendiente de sentencia tras haber sido acusado de apropiación de fondos públicos destinados a la cooperación con el Tercer Mundo. Un asunto feo. Muy feo. Un asunto que debilita al PP, puesto que toda Valencia tenía identificado al acusado como uno de los puntales del sistema de poder. A Blasco se le temía. Blasco nunca estuvo en primera línea, pero conocía perfectamente los planos de la operación puesta en marcha en 1992 por José María Aznar.

¿En qué consistía esa ‘operación Levante’? Lo podemos resumir de la siguiente manera: dar satisfacción a los deseos de prosperidad de unas clases medias que creían quedar al margen de la espectacular España del 92. Coronar Valencia con la diadema de las plusvalías inmobiliarias y la internacionalización de la oferta turística. Menos huerta, más hoteles. Menos naranjos, más campos de golf. Y un lema en la diadema: “Nosotros no vamos a ser menos”.

Aznar lo explica de la siguienta manera en su segundo libro de memorias, recientemente publicado: «Valencia tenía para nosotros un significado especial. Cambiar el signo político del Levante español representaba para el centro-derecha un gran reto y conseguirlo fue una operacion histórica que suponía un valioso factor de equilibrio general en España. El vínculo entre Madrid y Valencia generaría por razones de cercanía unas sinergías muy importantes en la Comunidad Valenciana, que contribuirían a fortalecer en esta una posición propia, frente al acoso del expansionismo nacionalista radical de Cataluña y al propio nacionalismo dentro de Valencia» (‘El compromiso del poder’, págs. 154 y 155). Leídas estas líneas se entiende perfectamente la oposición frontal del Gobierno Aznar al corredor ferroviario mediterráneo.

El Eje de la Prosperidad, lo llamaban. Robustecer el eje Madrid-Valencia, en detrimento de la relación con Barcelona, pera evitar la configuración de un espacio político y económico mediterráneo con las cuatro barras de la antigua Corona de Aragón. Taponar las tentaciones pancatalanistas, ardorosamente combatidas en los años ochenta por Consuelo Reina, entonces factotum del diario Las Provincias. En realidad, el pancatalanismo ya estaba bloqueado. Alfonso Guerra y Fernando Abril Martorell se encargaron de ello en los primeros años de la transición: la Constitución prohíbe expresamente la federación de autonomías –excepto en el caso del País Vasco y Navarra, previo referéndum- y la ley electoral valenciana fue la primera en incluir un umbral del 5% para acceder al parlamento autonómico (Corts Valencianes). El Bloc Nacionalista Valencià tardó tiempo en poder superar ese umbral.

El anticatalanismo siempre ha sido una buena excusa, en Valencia y en otras partes de España, una buena excusa ingenuamente alimentada por los catalanistas excitados. No se trataba, solamente, de cegar las simpatías valencianas por la Catalunya democratista de los años setenta, intensas en la transición, sobre todo en los ambientes universitarios; unas simpatías en  buena medida propulsoras del autonomismo valenciano. Se trataba, sobre todo, de fortalecer Madrid como capital radial de España. El diario ABC lo resumió muy bien el día en que se inauguró el AVE Madrid-Valencia. Lo resumió con una sola palabra: Madriterráneo.

Más exacto, imposible.

Los aficionados al fútbol que esta semana han viajado a Valencia para asistir a la final de la Copa del Rey habrán podido comprobar la más perfecta plasmación del programa aznariano. El AVE tarda 1 hora y 38 minutos en cubrir los 391 kilómetros de trazado ferroviario entre Madrid y Valencia. El Euromed tarda 3 horas y 10 minutos en el trayecto de 350 kilómetros entre Barcelona y Valencia. Peajes de carretera entre Barcelona y Valencia: 41 euros. Peajes entre Madrid y Valencia: 0 euros. Ese era el plan. Y ese plan se ha llevado a cabo.

los fastos valencianos

los fastos valencianos

Madriterráneo salió propulsado como un cohete y el PP valenciano, guiado por el instinto estratégico de Zaplana, la capacidad de maniobra de Blasco y la enorme popularidad de la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, consiguió convertirse en una de las organizaciones más potentes del PP español. Un partido con una fuerte base social. Julio Iglesias cantando en un mitín de José María Aznar con el Mestalla llenó a rebosar. Un partido verdaderamente hegemónico que reunía en las mismas filas al centroderecha de vocación netamente española y los restos del regionalismo conservador. Un sólido bloque de poder, amalgamado por la aceleración constante de la economía, con dos turbinas a toda velocidad: la expansión inmobiliaria y el turismo. Más de cien mil afiliados, mayoría absoluta en las Corts, las alcaldías de las principales ciudades y el control capilar de un gran número de asociaciones cívicas, sin descuidar las entidades falleras –fundamentales en la sociedad valenciana- y el Club de Fútbol Valencia, noticia estas ultimas semanas por un acontecimiento verdaderamente escabroso que ilustra perfectamente el final de una época: el ex presidente del club, tramando -presuntamente, puesto que el asunto se halla bajo investigación judicial- el secuestro del presidente actual, para saldar deudas pendientes.

Fuerza institucional, apoyo social y una Radio Televisión Autonómica absolutamente controlada desde el vértice. Una hegemonía casi perfecta. Un modelo que hubiese interesado a Antonio Gramsci, el intelectual marxista italiano que en los años veinte formuló el moderno concepto de hegemonía. Por cierto, Gramsci, nacido en la isla de Cerdeña, también era levantino.

No hay hegemonía que cien años duré. En 2007, la turbo economía española gripó, con efectos devastadores en toda el área mediterránea, no sólo en la Comunidad Valenciana. El shock económico desató en Valencia una fenomenal crisis del modelo político. Los tensores no soportaron bien la sacudida. Mejor pertrechada y con más dispositivos de poder a su alcance -los visibles y los menos visibles-, la derecha madrileña vio venir el torpedo del caso Gürtel, desplegó un escudo magnético y consiguió desviar el proyectil hacia Valencia, donde los ‘dandis’ aún no se habían dado cuenta que era el momento de guardar en el armario los trajes muy entallados y las corbatas de color pastel. No supieron reaccionar. El hundimiento de la presidencia de Francisco Camps fue estrepitoso y convirtió las corruptelas valencianas en símbolo general. El hundimiento de toda estructura barroca siempre tiene espectacularidad. El catálogo de desmanes valencianos resultaba muy visible y pronto fue elevado a la categoría de chivo expiatorio. Valencianos, exagerados y manirrotos. Andaluces, especialistas en la sisa de los fondos públicos. Catalanes, separatistas que se envuelven en la bandera para tapar sus miserias. La fábrica de estereotipos ha funcionado estos años a pleno rendimiento en España, así en el centro como en la periferia. Con más potencia en el centro, puesto que esa es la relación de fuerzas realmente existente. La España radial estereotipa que es un primor.

 

No pretendo rebajar ni un milímetro la gravedad de los acontecimientos que han puesto en la picota al poder político valenciano, pero sostengo desde hace tiempo que Valencia también ha sido hábilmente escogida como chivo expiatorio. Valencia ha sido el pararrayos del caso Gürtel.

La hegemonía del PP ha durado 20 años. El ciclo parece hoy agotado. Esto es lo que dicen las encuestas. Casi todos los sondeos pronostican la pérdida de la mayoría absoluta por parte de los populares, abriéndose la posibilidad de una mayoría alternativa con las tres formaciones que hoy se reparten el voto ubicado a la izquierda: PSPV-PSOE, Compromís y Esquerra Unida.

Los actuales dirigentes del PP valenciano son conscientes de esa realidad, pero no dan la batalla por perdida. Confían en cuatro factores: Primero: la paulatina mejora de la economía, que puede ser algo más intensa en el área mediterránea que en el resto de España. Segundo: que el presidente Alberto Fabra logre trazar una línea roja creíble con los casos de corrupción, generando la idea de un PP depurado. Tercero: la mala prensa de la palabra ‘tripartito’, después de la experiencia catalana, las radiaciones del independentismo catalán y las peleas entre el PSOE e Izquierda Unida en Andalucía. Y cuarto: un renovado interés del Gobierno de Mariano Rajoy por Valencia, puesto que los votos en la Comunidad pueden ser claves en las elecciones generales previstas para otoño-invierno del 2015.

El PP tiene un año para jugar todas esas bazas y se va a emplear a fondo. Con toda seguridad. Sus principales adversarios son el paro y la crisis, el bochorno que tantos valencianos han sentido al ver su tierra caricaturizada como epicentro del despilfarro, la significativa pérdida de poder financiero (las cajas de ahorro valencianas han sido fulminadas) y la pavorosa crisis de confianza en la política. Explicar la mejora de la economía no es fácil, puesto que la recuperación del empleo será muy lenta y los políticos no son -hoy- prescriptores bien aceptados. En ese cuadro crítico, el PP topa con un problema añadido. Le ha salido competencia en su propio campo. UPyD, con el actor Toni Cantó como posible cabeza de cartel. Ciudadanos (versión española de Ciutadans), con el ex ministro socialista Antoni Asunción y el cantante Francisco, intentando atraer algunas de las candidaturas municipales independendientes surgidas de los conflictos internos en el PP, especialmente en la provincia de Alicante. Y el nuevo partido Vox, que tiene en Cristina Seguí la principal referencia valenciana. Tres partidos devorando restos del centro-derecha en el interior de la ley d’Hondt. Inquietante escenario para Génova.

El presidente Fabra, ex alcalde de Castellón, es un hombre serio, parco en palabras y escasamente atraído por el populismo. No es barroco y quisiera  ser reconocido como un prudente depurador. Va a intentar dibujar ‘líneas rojas’, apartando de las candidaturas electorales a los afectados en casos de corrupción. No lo tendrá fácil, puesto que el catálogo es amplio. Uno de los mayores errores de Fabra seguramente haya sido el cierre de Canal 9. La valenciana es la única televisión autonómica que ha cerrado en España. Era económicamente insostenible, pero las cosas podían haberse hecho de otra manera. El vicepresidente José Císcar posiblemente tenía algún plan al respecto. Pero Fabra, pendiente del crédito de su experiencia de gobierno en la capital de España, dejó convencerse por el director de un diario de Madrid que quería gobernar España desde sus cinco columnas dominicales. Canal 9 fue sacrificado en la hoguera de las vanidades madrileñas. Madriterráneo.

 

El PSOE sigue debilitado tras el enflaquecimiento de estos últimos veinte años, pero ha conseguido una verdadera inyección de vitaminas con unas elecciones primarias muy abiertas cuyo éxito de participación ha sorprendido a todos. Con el criterio en contra de la calle Ferraz –Alfredo Pérez Rubalcaba no quiere someter el liderazgo socialista a experimentos mediáticos-, el PSPV consiguió movilizar a 67.000 votantes, cifra que triplica el número de afiliados al partido. Unas primarias a la italiana, ganadas cómodamente por Ximo Puig, un socialista veterano, valenciano hablante, ex alcalde de Morella, histórica capital del Alto Maestrazgo, un hombre tranquilo y hablador, con la suficiente personalidad para no ser confundido con un gris funcionario de partido. Las primarias han revitalizado a Puig, que en el último congreso del PSOE dio su apoyo a Carme Chacón. Su handicap principal: aparecer como prisionero de Compromís y Esquerra Unida antes de que comience la partida. En este sentido, el resultado de las elecciones europeas en Valencia será importante. Si el PSOE se colocase por delante del PP, podría empezar a elaborar, con cierta credibilidad, un discurso de cambio, un discurso autónomo de sus posibles aliados. El fantasma del ‘tripartito’ y las trifulcas de la izquierda en Andalucía serán la cruz de Puig. Ya lo están siendo.

 

compromis

Compromís es la gran novedad de la política valenciana de estos últimos años. Coalición del Bloc Nacionalista Valencià con Iniciativa del Poble Valencià (escisión de Izquierda Unida) y grupos ecologistas, podría definirse de la siguiente manera: es un híbrido de CiU, Iniciativa per Catalunya, Equo y la Anova gallega. Mesocracia, democratismo y radicalismo de izquierdas. El Bloc, con notable implantación en algunas comarcas, tiene una base electoral con ecos de las viejas clases medias (profesionales liberales, pequeños propietarios rurales, maestros, profesores y estudiantes universitarios) e Iniciativa, personificada en las diputadas Mònica Oltra i Mireia Mollà, ha hecho cristalizar la indignación y la protesta. Oltra simboliza el descaro con el poder establecido y los deseos de ruptura. Nacida en 1969 en Alemania, hija de emigrantes, es hoy el personaje político más popular. El escritor Ferran Torrent ha trazado su perfil en un interesante libro titulado ‘Caminaràs entre elefants’.

 

 

Compromís tiene pendientes unas elecciones primarias y será difícil que Mònica Oltra no las gane. Posiblemente acabe formando tàndem con Enric Morera, líder del Bloc, con un perfil más moderado. Superando el 15% en todas las encuestas, Compromís se coloca potencialmente por encima de Esquerra Unida y comienza a ser una amenaza para el PSPV-PSOE. Esta nueva formación política posiblemente sea hoy uno de los experimentos políticos más interesantes de toda España: un centro izquierda radical-democrático, capaz de atraer a abstencionistas y a votantes de otros partidos interesados en la renovación política. Su reto será evitar los personalismos –rasgo constante en todas las sociedades mediterráneas- y dotarse de un programa coherente y creíble, que vaya más allá de los eslóganes impresos en las camisetas de las diputadas Oltra y Mollà. Compromís revive el espíritu del viejo republicanismo valenciano y encarna esa ‘zona de ruptura’ que el sociólogo electoral Jaime Miquel, también valenciano, apunta como novedad irreversible del momento español. Una corriente muy heterogénea favorable a cambios radicales en el funcionamiento de la política –con votos de distinta procedencia, repartidos entre distintos grupos y partidos- que debilita al bipartidismo y puede acabar obligando al PP y al PSOE a un gobierno de gran coalición en 2015, Catalunya mediante.

Un cuadro complejo, variado y difícil de predecir en su evolución. Una paella, iba a escribir, pero mejor será que me guarde el tópico. En mi opinión, en el interior de la sociedad valenciana puede que se decida la suerte política de España en los próximos años. Digo más: el resultado del ciclo electoral en Valencia puede que sea más importante para el conjunto de los españoles -a corto y medio plazo-, que lo que pueda ocurrir en los próximos dos años en Catalunya, hoy escenario de tantas expectativas, discursos dramatizados, imaginaciones y tensiones. Catalunya podría quedar atrapada por el potente voltaje de las expecativas suscitadas y por el complejo cruce de sus fuerzas internas, coaguladas alrededor de la consulta, pero dispares en todo lo demás. Catalunya siempre tiende al empate. Valencia, compleja y acomplejada, viva y menestral, mediterránea, republicanista, autónoma, provincialista, espabilada, escarmentada e impredecible, puede acabar decicidiendo los futuros equilibrios de fondo. Atentos, muy atentos, a Valencia.

Menos barroco y un poco más de gótico. De acuerdo, pero no olvidemos que la corriente intermedia, el Renacimiento, llegó a España desde Italia a través de Valencia. Valencia es la ciudad más italiana de la península. Hay que contemplar esos extraordinarios ángeles renacentistas encargados por el cardenal Rodrigo Borja (futuro papa Alejandro VI) a Francesco Pagano y Paolo di San Leocadio, que un día aparecieron en la bóveda gótica del presbiterio de la catedral, tapados por mármoles y platerías barrocas. Bellos después de la depuración.

barroco valenciá

barroco valenciá

 

 

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